El público en pie en el concierto fin de temporada de la Orquesta Metropolitana de Madrid y el Coro Talía dirigido por Silvia Sanz Torre

Cerca de 2000 personas disfrutaron el concierto España en la ópera en el Auditorio Público en pie aplaudiendo a la Orquiesta MetropolitanaNacional de Música

Da gusto, en estos tiempos en que tanto cuesta llenar salas como la sinfónica del Auditorio Nacional, encontrarse con cerca de 2000 personas en el último concierto de la temporada organizada por el Grupo Concertante Talía en el Auditorio Nacional de Música; y más gusto da todavía escuchar los aplausos de un público en pie.  Así de emocionante fue el final del programa España en la ópera interpretado por la Orquesta Metropolitana de Madrid y el Coro Talía bajo la batuta de su directora titular Silvia Sanz Torre: coros y oberturas de conocidas óperas de Mozart, Rossini, Verdi, Wagner y Bizet con un nexo común: sus argumentos se desarrollan en España.  

España imaginada

España en la ópera fue un viaje musical por nuestra geografía, por nuestra historia, por nuestra literatura…, todo ello aderezado por la fantasía, los sueños y la creatividad de escritores, libretistas y músicos que vivían en Francia, Alemania, Austria o Italia. Durante hora y media pudimos imaginar a soldados hambrientos de botines y victoria o el bullicio de un campamento gitano al amanecer; escuchar el murmullo de una fuente en un jardín, los gritos del pueblo aclamando a su rey, el paso lento de los condenados…;  o contagiarnos de la alegría de un día de fiesta. Una España imaginada, con lo típico y lo tópico, sus luces y sus sombras. Abrió el concierto la obertura de Las bodas de Fígaro, con la que da comienzo unas de las mejores óperas de la historia gracias a la acertada suma del genio de Mozart y el ingenio del libretista Lorenzo da Ponte que se basó en la segunda parte la trilogía de Fígaro del escritor francés Beaumarchais. En la brillante y optimista tonalidad de re mayor, esta obertura fue el punto de partida ideal para este concierto.

Gitanos y soldados

Mozart nos abrió los ojos y los oídos para, de un salto, zambullirnos de cabeza en la música de la figura principal de la ópera italiana durante la segunda mitad del XIX, Giuseppe Verdi y algunos de sus coros más famosos. El primero de ellos fue el conocido como “Coro de gitanos” (“Vedi le fosche notturne”) de Il trovatore, basada en el drama El trovador del escritor romántico español Antonio García Gutiérrez. Era ya noche cerrada fuera del Auditorio, pero dentro pudimos escuchar cómo despuntaba el alba: “Una viuda que al fin se quita los negros paños con que se envolvía,  ¿Quién del gitano los días embellece? La gitanilla”. Precedido de la alegre introducción de la orquesta, es un coro de gran vitalidad que todo el mundo reconoce, y uno de los más vistosos de Verdi, especialmente por los golpes rítmicos del yunque integrados en la percusión. A continuación, los tenores y bajos del Coro Talía marcaron el paso con el “Coro de soldados“ (“Squilli, echeggi la tromba querriera”), otro de los más famosos coros de Verdi.

La forza de Verdi

Continuó el concierto con la exigente obertura de La forza del destino, basada en la obra Don Álvaro o la fuerza del sino del Duque de Rivas. La batuta de Silvia Sanz obtuvo toda la fuerza y expresividad de la Orquesta Metropolitana. En el discurrir de esta obertura, en la que destacó el solo de clarinete de Álvaro Huecas, pudimos escuchar los diferentes temas musicales que aparecen en la ópera asociados, por una parte, al destino; y, por otra, a sus personajes principales, Leonora y Don Álvaro, a los que la fatalidad golpea sin tregua. Tal fue la energía empleada en esta obertura que el público comenzó a aplaudir antes de completar los compases finales.

Silvia Sanz en España en la Ópera

Un jardín y un auto de fe

Terminó la primera parte del concierto con dos coros de la ópera Don Carlo, también de Verdi, basada en un poema dramático de Schiller que reflejaba la llamada Leyenda Negra. Son dos coros bien diferentes. El primero de ellos, íntimo y bucólico (“Sotto ai folti, immensi abeti”), nos sitúa en un jardín del Monasterio de Yuste. La introducción orquestal nos permitió imaginar el canto de los pájaros y el murmullo de la fuente del jardín mientras las damas de la reina (sopranos y altos) descansan a la sombra de los árboles en un clima de quietud y sosiego. Muy distinto era el siguiente coro (“Spuntato ecco il dì"), conocido también como el “Auto de fe”. El comienzo y el final es brillante, el pueblo aclama a Felipe II (“Despunta el día de la exaltación. Honor al más grande de los reyes”). El contrapunto llega a continuación con un coro de voces graves (frailes) que nos dice que en realidad despuntó el día del terror, en referencia a los prisioneros que son conducidos al cadalso. Antes de repetirse el primer tema del coro, escuchamos un fragmento orquestal que es anticipo de las trompetas de Aída.

De nuevo, Fígaro

Tras el descanso, el espíritu alegre, burlón y desenfado del barbero Fígaro, revoloteó libre por la sala. Es imposible escuchar la música de Rossini sin sonreír. El músico tomó esta obertura de una ópera anterior, lo cual no supone pecado alguno. Cuando los compositores tenían que componer mucho y deprisa, era normal que reutilizaran su propia música. Si había compuesto una buena obertura para una ópera que no había funcionado, ¿por qué no reutilizarla en lugar de dejarla en el olvido? Por entonces no había grabaciones, así que lo que había fracasado en un teatro bien podía funcionar en otra ciudad o en otro país.  Con El barbero de Sevilla, sobre la primera parte de la trilogía de Beaumarchais, Rossini nos dejó una de las óperas más divertidas de la historia y, aunque no hubiera sido compuesta específicamente para la obra, colocó la obertura perfecta.

Los solistas de España en la Ópera

Los caballeros del Grial

Y sonó Wagner. Fue un salto hacia otro mundo a la hora de tocar, a la hora de cantar y a la hora de escuchar. Wagner situó Parsifal, su última ópera, en un lugar desconocido de las montañas del norte de España. Parsifal es un joven inocente y puro que alcanzará la sabiduría en un viaje de transformación interior, el elegido para encontrar la lanza sagrada que curará al rey Amfortas, rey de los caballeros del Santo Grial. Es la obra más espiritual de Wagner, como lo es el coro protagonizado por los caballeros. Musicalmente requiere una gran línea en el fraseo que inician las voces blancas, seguidas de las voces de los hombres y de un gran crescendo de la orquesta que culmina en una especie de “suspensión” (“Selig in glauben” – “Bienaventurados en la fe”) en que todo parece detenerse cerrando la delicada frase las voces más agudas y dejándonos esa sensación de elevación del espíritu.

Carmen

Acto seguido bajamos del cielo a la tierra para aterrizar en la agitación festiva de la ciudad de Sevilla, que tanto atraía a los románticos. Carmen de Bizet era indispensable en un concierto  titulado España en la ópera. Los claveles rojos pusieron color en el coro y la orquesta y es que la música de Carmen es, sobro todo, color. La Metropolitana interpretó parte de la Suite nº 1 que Guiraud extrajo de la ópera tras la muerte de Bizet, acaecida solo tres meses después del estreno de la obra. El Preludio recoge el tercero de los temas que abren la ópera, el tema trágico, relacionado con la muerte. Siguieron Aragonesa, con un solo de oboe a cargo de Laura Moreno, y el Intermedio, bucólico y embriagador, atmósfera a la que contribuye el sonido de la flauta con un destacado solo interpretado por Luz Mur. Escuchamos después el “Coro de las cigarreras”, descaradas y coquetas. Así sonó la música de Bizet, sutil y sensual como suave y ondulante humo, y así lo cantaron las sopranos y altos del coro, entrelazándose las voces, con una melodía volátil porque todo es humo: “La dulce conversación de los amantes, sus arrebatos y juramentos ¡son humo!”.

 

Ya están aquí

Y así llegábamos al final del concierto y al momento más brillante de Carmen, la “Marcha de los toreadores” (“Les voici”). La gente a las puertas de la Plaza saluda la llegada de la cuadrilla de los toreros: “¡Ya están aquí!”. Todos se arremolinan, abuchean al alguacil y saludan a los chulos, banderilleros, picadores… y, finalmente, al matador, Escamillo. ¡Menudo ambiente! Tanto color, tanta fuerza y energía tiene la música de Bizet para esta escena que no pierde brillo interpretada en concierto. Está llena de vida, de energía, de fiesta, en contraste con el inminente y trágico desenlace de la ópera. Al final, vimos agitarse los pañuelos blancos en los bancos del coro y los claveles volaron por los aires. La mejor manera de rematar la faena. El público rompió en aplausos.Pañuelos en el Audittorio Nacional

Cinco toros

Y para agradecer tan magnífica respuesta, un bis de La traviata. ¿Por qué? Por la fiesta de carnaval en la que aparece un grupo disfrazado de toreros que canta las hazañas de un supuesto matador vizcaíno llamado Piquillo. Un coro vivo y ágil para el que Verdi utilizó, a su estilo, un antiguo palo flamenco, el polo, y que no resulta fácil por la velocidad con qué hay cantar el texto. Cinco toros tuvo que matar Piquillo en una sola tarde para conseguir el amor de una joven. Cinco toros lidiaron Silvia Sanz, la Orquesta Metropolitana y el Coro Talía en su último concierto de la temporada: Mozart, Rossini, Verdi, Wagner y Bizet. El público en pie. Ovación y vuelta al ruedo. Al ruedo, es decir, al Auditorio Nacional, volvemos la próxima temporada. Pero de eso hablamos otro día. Pronto.