Concierto Extraordinario del GCT en el Auditorio Nacional: Una Novena de Beethoven para un cumpleaños feliz

  • El Grupo Concertante Talía celebró sus 20 años arropado por el calor del público

  • Entusiastas aplausos a la interpretación de  Orquesta Metropolitana, Coro Talía y solistas dirigidos por Silvia Sanz Torre

El pasado 18 de junio a las 22:30 de la noche se iniciaba en el Auditorio Nacional de Música el concierto extraordinario con el que el Grupo Concertante Talía ha celebrado los 20 años de su creación por Silvia Sanz Torre. Lo hizo a lo grande, con la Sinfonía nº 9  de L. van Beethoven. Doscientas personas entre la Orquesta Metropolitana de Madrid y las 120 voces del Coro Talía salieron al escenario, a los que se sumaron los solistas Estefanía Perdomo, Belén Elvira, Miguel Borrallo y Fabio Barrutia y la directora titular de coro y orquesta, Silvia Sanz Torre. 

Número redondo, concierto redondo

Fue un concierto redondo, como lo son esos 20 años, con una orquesta, un coro, unos solistas que lo dieron todo, con la mirada atenta a la precisa batuta de Silvia Sanz Torre que, como acostumbra, sobre todo en las grandes ocasiones y ante los retos difíciles, prescindió del atril, y dirigió de memoria: todas las miradas en sus ojos y sus ojos en la mirada de todos, la mejor manera de no perder contacto, de conseguir feedback, de que la energía fluya, algo que el público percibe. Al final, la complicidad entre la directora y sus músicos (tanto coro como orquesta) y de los músicos entre sí llega también al público que siente cómo forma parte del hecho musical.

Era un concierto muy especial y se preparó con la responsabilidad y el respeto que impone interpretar una obra de enorme dificultad para la orquesta y para las voces como es la Sinfonía nº 9 de Beethoven, pero también con la ilusión, la emoción y la alegría que supone una celebración. Es más, basta leer las reflexiones que miembros de la orquesta, del coro y solistas han dejado en las redes sociales para reconocer la gran implicación que tienen todos ellos en cada uno de los conciertos que se realizan, ya sea en el Auditorio Nacional o en un parque al aire libre.

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Por qué la Novena

Para celebrar este aniversario, podría haberse escogido un programa mucho más festivo, más lúdico o menos complicado, pero hay obras musicales que tienen un simbolismo especial que se ha acrecentado con el paso del de los años. Casi dos siglos después de su creación por Beethoven, esta sinfonía con su Oda a la alegría y su canto de hermandad es una obra que ha superado barreras espacio-temporales, que se ha convertido en himno europeo y en patrimonio cultural de la humanidad, en definitiva, que nos pertenece a todos. La Novena fue, además, la obra con la que se inauguró la primera temporada conjunta de la Orquesta Metropolitana de Madrid y el Coro Talía en 2011. Esta segunda interpretación de la sinfonía de Beethoven, cinco años después,  la orquesta sinfónica del GCT  ha demostrado con creces que es una formación consolidada e integrada por unos músicos que lo dan todo.

Veinte con la música

Y es que lo que había en ese concierto era mucha motivación. Para los más antiguos, y a su cabeza la directora, Silvia Sanz Torre, porque han vuelto la vista atrás y revivido el recuerdo de aquel primer concierto del Coro Talía con sus 16 voces junto a la Orquesta Cámara Madrid (26 de marzo de 1996 en Iglesia de Los Jerónimos) y de los conciertos que fueron llegando después. Y con esos recuerdos han sentido el vértigo que produce el inexorable paso del tiempo y, al mismo tiempo, la satisfacción de haber hecho camino al andar y de seguir haciendo camino. Por eso, esta crónica tiene que ir más allá de este concierto y comenzar unos meses atrás, cuando se inició la celebración del XX aniversario con momentos muy especiales. Uno de ellos tuvo lugar al terminar el concierto de Navidad, Singing Europe, el pasado 29 de diciembre. Las cien voces del coro desplegaron por encima de sus cabezas una gigantesca pancarta en la que se leía el lema de esta celebración,  “Veinte con la música”, palabras alusivas a 20 años rebosantes de actividad musical que son al mismo tiempo una invitación, un decir: “Vente con la música”. A lo largo de esas dos décadas, son muchas las personas que han respondido a esa llamada. Por poner un ejemplo, aproximadamente 200 voces han pasado por el Coro Talía desde su creación en 1996.

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Dejando huella

Como señaló Silvia Sanz al final del concierto, “algunos llegaron y se quedaron, otros aparecieron y desaparecieron, otros vendrán y se quedarán o quizás dejarán algo de su magia y seguirán su camino, pero cada una de las notas que han salido de las voces o de los instrumentos de esos tantos en 20 años han sido gotas de energía para avanzar, para crecer, para no rendirse”. Por eso, aquella gran pancarta de veinte metros de anchura que se desplegó ante el público que abarrotaba la sala el 29 de diciembre, volvió a desplegarse durante el ensayo previo al concierto de los 20 años, pero en privado, para el coro, para la orquesta, para su directora. Impresionaba contemplarla extendida sobre el suelo del hall de la Sala Sinfónica y ver cómo miembros del coro y de la orquesta gateaban sobre ella para dejar la huella de sus manos, su nombre y, el que quería, algunas palabras. También se instaló, como es habitual en cada concierto, un photocall en el hall del Auditorio en el que no solo se fotografió el público sino también los músicos como recuerdo del XX aniversario. Y también volvieron a abrirse la páginas del libro de firmas.

Reencuentros

Ha habido más. La preparación de la Novena ha sido motivo de reencuentros, de abrazos. Al concierto se unió un grupo de veinte voces integrado por antiguos miembros del coro, voces que habían vivido distintos momentos de su historia, solo una representación simbólica de tantos que han cantado en Talía. Unos pertenecían a la primera época y habían estado en el primer ensayo y en los primeros conciertos; otros llegaron cuando ya era una formación numerosa que cantaba en el Auditorio Nacional. Su llegada a los ensayos y al concierto fue motivo de alegría para todos. Algunos ya no viven en Madrid y llegaron de Barcelona, Valencia, Palma de Mallorca o incluso, de Edimburgo. Su presencia entre las filas del coro hizo flotar la sensación de que el tiempo se había detenido.

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El concierto

El concierto se desarrolló sin descanso. Precedió a la sinfonía de Beethoven la obertura de la opereta Caballería Ligera de Von Suppé  y tras ella, una pausa de unos minutos para la entrada de coro y los solistas. Era el momento de la Novena, una novena repleta de momentos estupendos, de sonidos plenos, con una sección de cuerdas potente y empastada. Daba gusto ver la concentración de toda la orquesta. Como dijo Silvia Sanz tanto a la orquesta como al coro durante la preparación de la obra, en esta sinfonía Beethoven plantea preguntas y la respuesta la da en el último de los movimiento. Por eso comienza con ese pianísimo sin dejar clara su tonalidad en re menor hasta que pasan los primeros 17 compases del primer movimiento y podemos escuchar por fin la grandeza del tema principal y el ambiente poético que le sigue. Llegó el segundo movimiento, el scherzo, en el que Beethoven innovó con la inclusión de los timbales separados por una octava y en el que las maderas nos brindaron con gran belleza el tema central. En el tercer movimiento, el más emotivo y poético, las cuerdas dialogaron con delicadeza y pudimos escuchar muy bien resuelto el difícil solo de trompa. Aunque el protocolo marca que no se debe aplaudir entre movimiento y movimiento de una sinfonía, el público lo hizo al finalizar cada uno de ellos. Es cierto que este hecho afecta a la tensión que el director quiere mantener entre uno y otro y a la sensación de continuidad que se desea transmitir. Pero también es verdad que este hecho significa que en las butacas hay público no habitual en los conciertos, que es posible que hubiera personas que por primera vez acudían a una sala como el Auditorio Nacional y eso es positivo, aunque se interrumpa el desarrollo de la sinfonía.

Oda a la alegría

Llegó por fin el momento más esperado de la Novena, el cuarto y último movimiento, que comienza de forma abrupta y disonante, algo que debió sorprender mucho a los contemporáneos de Beethoven. Y aquí pudimos escuchar esas preguntas de las que hablaba Silvia Sanz a través de citas a cada uno de los movimientos anteriores y esa primera referencia al tema de la Oda a la alegría que nace de la nada hasta desembocar en una explosión de sonido. Era la primera vez que se incluían voces solistas y coro en una sinfonía y el músico resolvió la transición entre la parte orquestal y vocal con la inclusión de un recurso operístico, un recitativo sin palabras asignado a violonchelos y contrabajos que la sección grave de las cuerdas de la Metropolitana interpretó con una seguridad, un fraseo, una expresividad y una precisión dignas de elogio. Realmente parecían declamar.

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LLego el turno del barítono Fabio Barrutia (que tantas veces ha cantado bajo la dirección de Silvia Sanz) e inició su recitativo con texto del propio de Beethoven: “Oh, amigos, dejemos esos tonos! ¡Entonemos otros cánticos más agradables y alegres! ¡Alegría!”. Así dio comienzo la Oda a la alegría con los versos de Schiller. Se unieron el resto de las voces solistas: Estefanía Perdomo (soprano también muy habitual en los conciertos del Grupo Concertante Talía), Belén Elvira (mezzosoprano que la temporada pasada participó en el Requiem de Verdi) y Miguel Borrallo (tenor que cantó por primera vez bajo la dirección de Silvia Sanz); y, a continuación, el Coro Talía que, con sus 120 voces, puso toda su alma y todas las ganas en cantar el Himno a la alegría y el Himno de fraternidad. Escuchar este momento de la sinfonía es siempre sobrecogedor y emocionante. Es posible que algunos desconozcan su dificultad vocal, incluso para coros profesionales, al mantener tesituras muy agudas para todas las voces que hacen que este fragmento, aunque no sea muy extenso, resulte extenuante. A pesar de la dificultad, el Coro Talía y la Orquesta Metropolitana mantuvieron la tensión, la energía y, lo más esencial, la alegría (“Freude” en alemán, la palabra que se repite una y otra vez) hasta el final de la obra. Tan sobrecogedor y grandioso fue el inmenso “vor Gott” (ante Dios) aclamado por las 120 voces que parte del público se lanzó a aplaudir, ante la sorpresa de los músicos y su directora, interrumpiéndose por unos segundos el discurrir de la obra cuando todavía quedaban muchas páginas de música.

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Sinceros y cálidos

Los aplausos fueron entusiastas, prolongados, sinceros, cálidos. Fueron unos aplausos que abrazaron a los solistas, al coro, a la orquesta, a su directora, como reconocimiento al trabajo bien hecho y sobre todo a la entrega y del cariño con que se ofreció este concierto. En la sala sinfónica parecían resonar las palabras del himno de fraternidad: ¡Abrazaos millones de seres, que este beso sea para el mundo entero”. Ojalá las palabras de esta Oda a la alegría se hicieran realidad: “Los hombres se vuelven hermanos allí donde reposan tus suaves alas”.

Finalizado el protocolo de saludos, Silvia Sanz, como directora del Grupo Concertante Talía, “que hace 20 años fue un proyecto y hoy es una realidad”, tomó el micrófono para decir una palabras sin poder disimular la emoción: “Hemos escuchado muchas veces esta noche la palabra “Freude” (alegría) y eso es exactamente lo que sentimos muchos de los que estamos hoy aquí. La música con mayúsculas, la que llega al alma, solo existe si hay corazones latiendo en un mismo compás, si hay personas unidas en un mismo acorde. Hoy celebramos los primeros 20 años del Grupo Talía pero esto no es una meta: nos queda mucho por hacer, mucho por disfrutar, mucho por compartir, mucho por enseñar y mucho por soñar. Muchas felicidades al Grupo Talía y a todos los que lo sentimos como parte importante de nuestra vida."

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For ever and ever, Hallelujah

Y para terminar de expresar esa alegría, los solistas subieron hasta los asientos del coro y voces y orquesta interpretaron otra de esas obras que nos pertenecen, que nos acompañan en los grandes momentos, que nos levantan, que nos emocionan, el “Hallelujah” de El Mesías de Händel.  “¡For ever and ever, Hallelujah!”: no podía haber mejor final para celebrar los 20 años de Talía y para poner fin a una temporada que ha contado con el apoyo del público. Salimos del Auditorio y, al mirar el cielo estrellado, recordamos los versos de Schiller: “Alegres, como vuelan sus soles a través del inmenso espacio celestial, seguid hermanos, vuestro camino, alegres, como héroes hacia la victoria”.  

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