Emocionante Sinfonía nº 2 "Resurrección" de Mahler para Orquesta Metropolitana, Coro Talía y su directora Silvia Sanz Torre

  • Cerca de 2000 personas acudieron el sábado 4 de marzo al tercer concierto de abono del Grupo Talía: Mahler en busca de respuestas.

  • Excelente trabajo de las solistas Estefanía Perdomo (soprano) y Beatriz Oleaga (mezzosoprano)

Sin duda mereció la pena. Lo mereció para la orquesta, para el coro, para las solistas, para la directora de todos ellos, Silvia Sanz Torre, y para el público que lo escuchó. Una obra como esta siempre merece la pena por todos los universos que abarca. Para los músicos la Sinfonía nº 2 "Resurrección" de Mahler era la obra más esperada de la temporada del Grupo Concertante Talía. Era un reto, un desafío importante, y también la oportunidad de sumergirse en el mundo de las emociones y los planteamientos vitales de este compositor. La interpretación de las dos voces solistas, la mezzosoprano Beatriz Oleaga y la soprano Estefanía Perdomo (por orden de intervención), sumó luz y emoción a esta sinfonía dirigida por Silvia Sanz Torre sin partitura, con los cinco movimientos en su memoria. Sin duda ha sido una de los conciertos más emocionantes para la Orquesta Metropolitana de Madrid y el CoroTalía en sus seis temporadas en el Auditorio Nacional de Música. 
 
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Cerca de 2000 personas asistieron al tercer concierto de abono de la temporada del GCT, titulado Mahler: en busca de respuestas y dedicado a la segunda sinfonía de este gran compositor, una obra de grandes dimensiones por su duración y recursos. No cabía más orquesta en el escenario. Más de 110 músicos componían  esta vez la Orquesta Metropolitana de Madrid, con un despliege imponente en las secciones de viento, sobre todo en los metales a los que se sumaron las 100 voces del Coro Talía.

Mahler combina todos estos efectivos de timbres e instrumentos para conseguir efectos, ambientes y colores de todo tipo. Con su música se pasa en un momento de la dulzura a la estridencia; de la parodia, el sarcasmo o la ironía a lo solemne y lo sagrado; de lo banal a lo profundo; y, lo fundamental en esta sinfonía, de la angustia a la esperanza y de la duda a la fe. Mahler encuentra la respuesta a sus planteamientos vitales en el último de los movimientos, en el que incluye el texto de la oda Resurrección de Klopstock y añade su propia aportación: “Moriré para vivir”. Pero antes de llegar a este punto, hay un recorrido muy largo repleto de sensaciones diversas.
 
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Emoción y precisión

Pese a la densidad y a las dimensiones de la partitura, no había atril en el podio de la directora. Silvia Sanz Torre (lo hace siempre en las ocasiones importantes y esta era una de ellas) llevaba los cinco movimientos de esta sinfonía en la cabeza y en el corazón: la razón emocionada y la emoción razonada porque en una obra como la Segunda de Mahler no hay emoción sin precisión y hay que saber manejar muy bien todos los cambios de estado de ánimo y de atmósfera así como controlar los momentos más explosivos de la partitura. Para Mahler, componer una sinfonía era edificar un mundo, con todo lo malo y todo lo bueno del mundo y del hombre.

Vestida de negro, sencilla, sobria (en la solapa el lazo morado contra la violencia de género), Silvia Sanz Torre se dispuso ante la Orquesta Metropolitana sin barreras, sin páginas que pasar, sin miradas que desviar. Dirigió con toda la sinfonía de Mahler en su memoria porque sabe que es así como mejor conecta con esa orquesta inmensa que era la del pasado sábado 4 de marzo y, en los últimos movimientos, con las solistas y el coro. 
 
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Segundo Mahler de la Metropolitana

Era el segundo Mahler de la Metropolitana de Madrid. El primero fue la Sinfonía nº 1 Titán en 2012, en su primera temporada en el Auditorio Nacional. Cinco años después, llegaba la Segunda, continuación en cierto modo de la Primera pero ya con todos los elementos del Mahler sinfónico, entre ellos, la utilización de la voz en el cuarto y quinto movimiento, este último coral como en la Novena de Beethoven. Aunque podría decirse que las palabras están igualmente presentes en los tres primeros movimientos. Mahler siempre nos está diciendo algo.

En torno a la muerte

La sinfonía se inició con los Ritos fúnebres, un movimiento que entronca con la muerte del héroe, Titán, de la Primera Sinfonía. La música atrapa al oyente desde sus primeras notas, un tema rítmico y oscuro de violonchelos y contrabajos. Así daba comienzo la representación de una marcha fúnebre con un carácter sombrío y violento. Después, la tempestad parecía calmarse... más no había sosiego posible. Pudimos escuchar las citas a la melodía gregoriana del Dies irae (Día de la ira) anunciando el Juicio Final. ¿Hay vida después de la muerte? ¿Qué nos espera?
 
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Recuerdos felices

Tras la angustia, las dudas y la incertidumbre, llegó el segundo movimiento y nos llevó a un mundo radicalmente distinto. Mahler pedía cinco minutos de pausa entre el primero y el segundo para poder desprendernos de las sensaciones anteriores. En el concierto no fueron quizá cinco minutos, pero si una pausa más amplia de lo normal en la que la orquesta afinó de nuevo sus instrumentos. A continuación, la batuta de Silvia Sanz Torre y la Metropolitana nos regalaron una atmósfera relajada, serena y dulce, la de la evocación de los buenos momentos de la vida. Un tema llevaba ritmo de vals, un Ländler, danza folclórica típíca de Austria y sur de Alemania, y el otro se desarrollaba con rítmicos pizzicatos, más agitado, pero bello y seductor. Sosiego…

En torno a la vida

Llegó el tercer movimiento, el Scherzo. Mahler indica “con un movimiento que fluye perpetuamente” y enseguida sabemos por qué. La música procede de la canción “San Antonio de Padua predicando a los peces”, perteneciente al ciclo Des Knaben Wunderhorn. El santo, cansado de encontrar la iglesia vacía, se fue a predicar a los peces. Escucharon su sermón peces de todos los tamaños y especies. Todos quedaron muy contentos pero las palabras no dejaron huella en ellos. Ninguno cambió y volvieron al curso del río siendo los mismos de siempre. Esta es la forma en la que Mahler nos habla de la banalidad, de la sordera del mundo, y lo hace con un tono irónico y grotesco, con fanfarrias y cambios de carácter mientras, de fondo, escuchamos ese movimiento perpetuo, un acompañamiento ondulante sin principio ni fin que nos deja la sensación de estar siempre dando vueltas sobre lo mismo sin encontrar una salida.

En busca de la luz

Pero hay una salida, una luz que iluminará el camino hacia la vida eterna  y, para hallarla, Mahler recurre a otra canción del Wunderhorn, “Urlicht” (Luz primera), esta vez con texto y con voz. La mezzosoprano Beatriz Oleaga nos brindó una maravillosa y conmovedora interpretación de este cuarto movimiento que representa el renacimiento de la fe: “Provengo de Dios y quiero volver a Dios”.

En busca de respuestas

Y llegó el quinto movimiento con un largo preludio orquestal antes de la entrada del coro. Mahler nos empuja hacia un lado y hacia otro: dudas, esperanza, caos, orden, incertitumbre y finalmente, la fe. Se escucharon amenazantes los Dies irae del primer movimiento para desembocar, sin embargo, en una emocionante explosión de esperanza. Y vuelta de nuevo a la desesperación, a la angustia, al sonido abrupto, irrumpió de nuevo el tema rítmico de la marcha fúnebre del comienzo de la sinfonía que, poco a poco se fue tiñendo de un tono más épico y brillante,  preludio de algo diferente, de la respuesta final.
 
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¿Hacia dónde vamos?

Y todo pareció explosionar de nuevo, un silencio, y una vez más la necesidad de encontrar la fe, como en una súplica que se eleva….  En un murmullo, el redoble del bombo, lejano y presente, parecía bullir como una fuente a punto de manar; se escucharon desde la distancia las llamadas de las trompas y trompetas (ubicadas fuera de la sala, a ambos lados), el canto del ruiseñor en las flautas y la entrada del coro, que también sin partitura, susurró: “Recucitarás, sí, resucitarás”. Los miembros de Talía cantaron sentados la primera parte de su intervención para reforzar el clima íntimo y reflexivo de ese momento de la sinfonía, pues la respuesta hallada por Mahler es una verdad que aflora poco a poco, desde el interior de uno mismo. Las voces se van dividiendo hasta que la soprano solista (Estefanía Perdomo) se separa dulcemente del coro hacia el agudo llenando la atmósfera de luz con las palabras “vida inmortal te dará quien te llamó”.

Prepárate para vivir

Es imposible no conmoverse con este momento de la sinfonía, cargado de misticismo y espiritualidad. A continuación, las voces, primero de Beatriz Oleaga y seguidamente de Estefanía Perdomo, expresaron la necesidad de creer: “Oh cree, corazón mío, nada has de perder… No has vivido ni sufrido en vano”. El tono se volvió más solemne cuando el coro cantó: “No tiembles más. Prepárate para vivir”. Escuchamos después a las dos voces solistas  proclamar que el dolor y la muerte han sido vencidos. “Con alas que me he conquistado –cantan-, en el ardiente deseo del amor, alzaré el vuelo hacia la luz”. Y el coro, ya en pie, las siguió en ese conmovedor  vuelo a través de un pasaje fugado que se eleva a lo más alto para terminar con la solemnidad de las palabras que Mahler añadió al texto de la oda Resurrección de Klopstock: "¡Moriré para vivir!"

Apoteosis

El final es apoteósico, con toda esa gran orquesta y coro sonando al mismo tiempo, a los que se finalmente se unieron el imponente órgano del Auditorio Nacional y las campanas. La Orquesta Metropolitana de Madrid y el Coro Talía, con Silvia Sanz, al frente vivieron, seguramente, uno de los momentos más apasionantes y emotivos de sus temporadas en el Auditorio Nacional. Y, aunque en un momento el coro cantara “no tiembles más”, se tembló de emoción en el escenario y también en las butacas, pues los aplausos fueron muchos, cálidos  e igualmente emocionados.

Compartir momentos así lo llevan a uno muy lejos y muy cerca, muy fuera y muy dentro. Es difícil explicarlo con palabras. Durante una hora y media navegamos por un sinfín de sensaciones, por mares negros y enfurecidos, por olas saltarinas, por aguas en calma… porque así es la vida. Para Mahler crear y vivir estaban íntimamente unidos y su vida estaba en sus sinfonías: “He puesto dentro de ellas experiencias y dolores, verdad y fantasía en sonidos…”.

Era medianoche, una medianoche llena de luz, de la luz que nos dio la música, que te lleva de camino a casa con el corazón emocionado y, otra contradicción, encogido y ensanchado al mismo tiempo.
 
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P. D.

Una cosa más. En los últimos compases de la sinfonía una soprano del coro sufrió un desmayo. Nos han preguntado por ella. Se encuentra bien.