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Músorgski y Prokófiev: de la evocación a la epopeya

· Gran acogida del público al 3er concierto de la temporada de abono de Orquesta Metropolitana de Madrid y Coro Talía dirigido por Silvia Sanz Torre

· Sábado 10 de marzo: Cuadros de una exposición de Músorgski y cantata Alexander Nevski de Prokófiev

Fue un concierto de contrastes. El 3º de abono de la temporada de Orquesta Metropolitana y Coro Talía en el Auditorio Nacional, con Silvia Sanz Torre, su directora titular, a la batuta, nos llevó por mundos muy diversos y por un mar de sensaciones diferentes: de los pizzicatos juguetones a los tuttis atronadores, de lo fantasmagórico a lo real, de lo poético a lo épico, de lo íntimo a lo solemne, del dolor al júbilo. El concierto estaba dedicado a dos grandes compositores rusos de los siglos XIX y XX, Músorgski y Prokófiev y a dos de sus obras más destacadas, Cuadros de una exposición (en la versión orquestada por Ravel) y la cantata Alexander Nevski, en la que intervino como solista la mezzo Marina Makhmoutova. El concierto se saldó con la asistencia de numeroso público y rendidos aplausos a orquesta, coro, solista y directora.

Orquesta Metropolitana y Coro Talía en un momento del concierto

Modest Músorgski pertenecía, junto a Mili Balákirev, César Cuí, Modest Músorgski, Nikolái Rimski-Kórsakov y Alexander Borodín, al llamado grupo de Los Cinco, compositores que destacaron en la búsqueda de un estilo musical genuinamente ruso. Prokófiev fue uno de los grandes creadores de la etapa soviética. Aunque no coincidieron en el tiempo, tienen en común el hecho de ser músicos de gran originalidad y personalidad, tal como puede apreciarse en las dos obras seleccionadas para este programa. Un concierto como el pasado sábado, tan “musicalmente movido” y que nos sitúa en escenarios tan dispares, requería de una gran orquesta tanto en la primera como en la segunda parte. Pudieron verse instrumentos poco frecuentes, lo que no resulta extraño con una orquestación de Ravel o con un músico como Prokófiev, compositores ambos del siglo XX. Allí estaban el poderoso contrafagot, el saxofón -que volveremos a escuchar el 19 de mayo en el Bolero de Ravel- o la dulce celesta, además de un nutrido muestrario de instrumentos de percusión: un poderoso ejército de instrumentos capitaneado con precisión por Silvia Sanz Torre para avanzar sin incidencias desde la evocación a la epopeya. La Orquesta Metropolitana de Madrid, ya en su séptima temporada, nos dejó una muestra más de su positiva evolución desde su creación en 2011. 

Cuadros de una exposición

El concierto comenzó con Cuadros de una exposición, una obra originalmente creada para piano que Músorgski compuso tras visitar la exposición póstuma dedicada a su amigo Víktor Hartmann, artista y arquitecto fallecido repentinamente en 1873 a los 39 años. De las muchas orquestaciones y versiones instrumentales que se han hecho de la obra, destaca especialmente la realizada por otro original creador, el músico francés Maurice Ravel. Esta versión es incluso más conocida y popular que la suite original para piano. De aquella exposición visitada por Músorgski se conservan hoy muy pocas obras, pero las que retrató el compositor, nos permiten ver, gracias al poder descriptivo y evocador de su música, diez de aquellos cuadros. En realidad, serían once, pues reunió dos en uno en la pieza titulada Samuel Goldenberg y Schmuyle (el judío rico y el judío pobre).

De cuadro en cuadro

Los Cuadros comienzan con la pieza Promenade o Paseo, que se repite a lo largo de la obra . Es el hilo conductor que representa el recorrido del visitante por la exposición y gracias al cual discurrimos entre los paisajes, escenas, ambientes, retratos y evocaciones que Músorgski pintó con música. Pudimos contemplar los movimientos grotescos del gnomo, escuchar la melodía del trovador enamorado ante el viejo castillo, compartir el alboroto de niños que juegan en los jardines de Tullerías, sentir el traqueteo de un carro de bueyes o contemplar la agitación de unos polluelos en perpetuo movimiento. Sentimos la soberbia de un hombre rico y las súplicas insistentes de un mendigo. Nos vimos en medio del bullicio de una luminosa mañana de mercado y nos escondimos en el negro silencio de las Catacumbas. Nos amedrentamos ante la maldad de Baga-Yaga (personaje del folclore ruso que vive en una cabaña sobre patas de gallina) y nos hicimos pequeños ante el esplendor y majestad de la Gran Puerta de Kiev, un proyecto arquitectónico de Víktor Hartman que nunca llegó a construirse.

Silvia Sanz Torre al frente de la Orquesta Metropolitana de Madrid durante el concierto Músorgski y Prokófiev

Ravel, maestro de la orquestación

Cuando Ravel orquesta es inevitable fijarse en lo sabiamente que juega con las combinaciones instrumentales y cómo acierta en los papeles que asigna a cada instrumento en función de su carácter y su timbre. El solo de trompeta, que David Brea interpretó con gran precisión de ritmo y sonido, marcó el paso de la Promenade (Paseo) que nos introducía en la exposición visitada por Músorgski. Más tarde escucharíamos este mismo tema con un carácter bien distinto, en el cálido timbre de la trompa, con la que Taylor Towsend nos regaló un fraseo dulce y legato. El saxofón (David Hernando, que mantuvo el sonido al final de su preciosísimo solo con un diminuendo sublime) y el fagot (Luis Alberto Ventura, con sus largas frases sostenidas por un fiato digno de admiración) nos embrujaron como si realmente escucháramos el canto nocturno y melancólico de un trovador. La trompeta (David Brea) fue la insistente súplica del mendigo que pide limosna en Goldenberg y Schmuyle. En Bydlo, el cuadro que representa el discurrir de un carro de bueyes que se acerca y se aleja, pudimos escuchar también un solo de bombardino, en el que Iker Aierbe destacó por su excelente afinación y amplitud de sonido.

Alexander Nevski

El Coro Talía se incorporá en la segunda parte, dedicada a la cantata Alexander Nevski de Prokófiev, partitura que tiene su origen en la música de este compositor para la primera película sonora del gran director de cine Serguéi Eisenstein. Se estrenó en 1938, a las puertas de la II Guerra Mundial. Había sido un encargo del propio Stalin, que vio la necesidad de fortalecer el espíritu patriótico ruso ante la inminente invasión alemana. Se escogió para ello la figura de un príncipe medieval del siglo XIII, Alexander Nevski, el héroe que detuvo la invasión del ejército sueco y los caballeros teutónicos, una orden medieval católica de carácter religioso-militar fundada por cruzados alemanes en Palestina en el año 1190 según el modelo de la Orden del Temple. Una vez estrenada la película, Prokófiev revisó la música y elaboró la cantata. Sin duda fue un acierto porque es una de sus creaciones más dramáticas y pronto se convirtió en una de las grandes obras vocales del siglo XX. Es una obra conocida, pero no se encuentra entre las más “populares” de la música clásica así que, seguramente, para muchos de los asistentes fue su primer Alexander Nevski. Y si ya han escuchado la música y nunca vieron la película, una obra maestra de 1938, merece la pena descubrirla (ahora que internet nos lo pone todo tan fácil). La increíble conexión entre música e imagen permite imaginar la estrecha colaboración con la que trabajaron compositor y director.

El Coro Talía durante la interpretación de Alexander Nevski

Buenos y malos, héroes y villanos…

La obra de Prokófiev fue otro viaje por los grandes contrastes en el que nos deja muy claro que en esta historia (recordemos que la cantata es en su origen música de cine) tenía que haber buenos y malos. Musicalmente están perfectamente diferenciados, no solo por el lenguaje musical que corresponde a unos y otros, sino también por los idiomas empleados en las partes vocales. A los invasores asignó el latín como lengua y, en lo musical, la disonancia, la cacofonía, la distorsión y los ritmos obstinados. Cuando se refiere a los defensores, los patriotas que defendían su tierra, escuchamos textos en la lengua nativa, en ruso, y melodías de origen folclórico reconocibles, sentidas y emocionantes.

Sucedió en el río Nevá…

No es una obra fácil: un mosaico de ritmos, tonalidades y combinaciones instrumentales que nos llevaron de los cantos tradicionales a los sonidos agresivos en los momentos del combate. Se desarrolla en siete movimientos. El n.º 1, (Rusia dominada por el yugo mongol) es un preludio orquestal que nos sitúa en el paisaje desolado donde comienza la historia. En el n.º 2 (Canción sobre Alexander Nevski) y n.º 4 (Levántate, pueblo ruso) el protagonista es el pueblo ruso, que primero recuerda las hazañas del héroe y después llama a la defensa de la patria. El n.º 3 (Los cruzados en Pskov) y el n.º 5 (La batalla sobre el hielo) constituyen las escenas puramente bélicas, que se alternan con las más narrativas. El n.º 6 (El campo de la muerte) es un lamento reflexivo ante todo lo ocurrido; y el 7º y último movimiento (Entrada de Alejandro en Pskov) es un canto de victoria.  

¡Levántate, pueblo ruso!

El n.º 4, ¡Levántate, pueblo ruso! es un movimiento breve, contundente y brillante que lució en las voces del Coro Talía. No tiene el carácter narrativo del n.º 2, en el que se recuerdan los hechos sucedidos en el río Nevá. El pueblo toma ahora la palabra para entonar la llamada a la guerra. En la pieza se suceden contagiosas melodías rusas y la orquesta refuerza el ambiente marcial con el ritmo de la caja. La originalidad de Prokófiev nos sorprende también con intervenciones instrumentales inesperadas, y a su vez complejas y casi endiabladas, como la del xilófono, magníficamente resuelta por Alba Vivas, que hizo bailar sus baquetas sobre las láminas a gran velocidad y con el ritmo preciso (que no era fácil) contrastanto con la línea melódica de sopranos y altos en otro de los preciosos cantos que salpican la obra.

Orquesta Metropolitana de Madrid en el Auditorio Nacional

El fragor de la batalla

En los movimientos bélicos (3º y 5º) se combinan los ritmos persistentes que representan el avance del enemigo, y los sonidos agresivos y disonantes que simbolizan la vorágine de la lucha. El más impactante es el quinto movimiento, la fabulosa descripción de la Batalla sobre el hielo, con largos pasajes instrumentales. Se percibe la tensión, el miedo, el frío que desprende el hielo; se escucha el galopar de los caballos y se palpa el caos del combate. Los diálogos y confrontaciones entre las diferentes secciones orquestales nos dejan claro qué bando lleva la delantera en cada momento… Y, después, la ruptura del hielo, la derrota de unos, la victoria de otros y, también, la desolación, la muerte y el silencio una vez concluida la batalla.

Del lamento al júbilo

Nos situamos entonces en el n.º 6, El campo de la muerte, el momento más conmovedor de la obra. Corresponde al aria de la solista, conocida también como “Aria de la novia”, que interpretó la mezzosoprano rusa Marina Makhmoutova, vestida de blanco y negro (el blanco es el color del luto en Rusia). Cuando la orquesta inició la introducción del aria, la mezzo solista comenzó lentamente su entrada, abriéndose paso entre los músicos, para ubicarnos en la escena que representaba, la de la mujer que camina por el campo de batalla, entre en soldados muertos y heridos, en busca de su amado. El aria nos habla de dolor y de orgullo, de tragedia y valor, y esa “novia” simboliza a Rusia que llora por sus hijos y ensalza su valentía. La línea melódica, dulce y dolorosa, nace del registro grave, al que Marina Makhmoutova dio toda su hondura y dramatismo, y asciende y desciende una y otra vez, como para resaltar todos esos sentimientos y regresar de nuevo al horror de la guerra. La mezzosoprano, con su timbre personal y penetrante, cantó con gran expresividad y emoción. Cantaba en su lengua materna, el ruso, con lo que tenía todas las herramientas en su mano para exprimir al máximo el texto y nos brindó la oportunidad de escuchar el aria con un sonido auténticamente ruso. Tal como explicó la solista en una entrevista previa al concierto, era el momento del réquiem después de todo el ruido de la batalla: un paréntesis de doloroso y reflexivo sosiego, rebosante de belleza, antes de llegar al triunfante número final, el canto de gloria a Alexander Nevski y a la Madre Patria.

 Marina Makhmoutova en el aria para mezzo de Alexander Nevski

Glorioso final

Coro y orquesta lo dieron todo en el brillantísimo final de la cantata al que se unió el sonido de las campanas (igual que había ocurrido con la Gran Puerta de Kiev en el final de Cuadros de una exposición). La gloriosa Entrada de Alexander en Pskov es solemne y festiva, una explosión de júbilo y de orgullo en la que escuchamos en repetidas ocasiones, y esta vez con más alegría, una de las melodías que aparece a lo largo de toda la obra de diferentes maneras, ya sea en el coro o en la orquesta. Podría decirse que es la consigna: “En nuestra gran Rusia, nuestra tierra rusa, jamás permanecerá ningún enemigo”. El público, parte de él en pie, aplaudió mucho y con entusiasmo a directora, solista, orquesta y coro. Como bis se repitió el n.º 4, ¡Levántate, pueblo ruso!, que podría decirse que es el himno de la obra. 

Próximos conciertos

Así terminó el tercero de los conciertos de abono de esta temporada. En el último (19 de mayo) Orquesta Metropolitana y Coro Talía cambiarán la música rusa por la francesa con otro gran programa: el esperanzador Réquiem de Gabriel Fauré y dos obras de inspiración española: España, rapsodia para orquesta de Emmanuel Chabrier y el popular Bolero de Maurice Ravel. Será por tanto un gran final de temporada. ¡Como para perdérselo!

No es el único concierto. Antes del último de abono, orquesta y coro repetirán una divertida experiencia, tocar con juguetes en el Auditorio Nacional. Este concierto extraordinario fuera de abono, pensado para disfrutar en familia, tendrá lugar el 5 de mayo a las 11:30 de la mañana y promete ser, muy, muy divertido.

 

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